¿Se verá acaso todo lo visible, se sentirá acaso todo lo sensible?

El mundo boca abajo

La pintura es el arte que nos recuerda
que el tiempo y lo visible nacieron juntos. John Berger

El primer abordaje a la obra de Daiana Martinello revela una profunda reflexión sobre la pintura en la contemporaneidad. Imponiéndola con vehemencia, la artista demuestra la inútil discusión que se cierne sobre ella. ¿Es necesario defenderla? Claro que no. D. M. conoce en profundidad los alcances del óleo sobre la tela y la danza que produce la trementina al aumentar o disminuir su viscosidad. Heredó de su abuelo todos los secretos de la alquimia de la pintura y sus aceites, como también la imperturbable paciencia de crear destinando largas horas de vida frente a un lienzo.
Su trabajo atraviesa cualquier cuestionamiento sobre una técnica en particular porque convierte el pintar en pensamiento, tránsito y escudo de todas las preguntas. Conoce el significado profundo de la creación, que la acompaña a través del tiempo a volverse intemporal.
La vitalidad de su pintura nos aproxima a la historia de la humanidad y sus misterios, al intento constante de buscar en la plasticidad de la pincelada y de las formas, a volver a hablar sobre la esencia humana sin representarla.
La instalación propone un sitio específico, un espacio que en su totalidad utiliza la pintura como medio para distorsionar sus coordenadas, cuestionar sus límites e involucrar la experiencia del espectador. El espacio arquitectónico se vuelve fundamental y constitutivo en la propuesta: un espacio simbólico, primera cárcel montevideana devenida en museo de arte contemporáneo, que es la contenedora de todos los muros y todas las historias.
D. M. conoce e investiga en profundidad el contexto como receptáculo hacia donde la pintura salta, los objetos reales o el ensueño, lo hostil o lo cálidamente cotidiano. Plantea una reflexión sobre las condiciones atmosféricas y espaciales que definen el lugar, cuestiona los bordes, disloca la altura y redimensiona el arriba y el abajo.
Se apropia del espacio de la pequeña celda provocando un salto temporal, transformando sus muros en las paredes ásperas y descascaradas de lo que ayer fue la Cárcel de Miguelete. Trabaja a partir del simulacro y la mímesis pictórica, reproduciendo cada matiz de verde, cada cáscara del celeste o gris que se devela en alguna piel anterior.
Se propone posteriormente desplegar un gran lienzo pintado que configura un ambiente “soñado” y que cubre toda la extensión del techo, desafiando la gravedad.
Un sillón, un globo terráqueo, una lámpara, una pequeña mesa, una cámara de fotos, frutas, una alfombra, libros, un antiguo tocadiscos, hojas y lápices y una cama deshecha; objetos que con su presencia marcan otro tiempo, un lugar cronológico al que es imposible retornar. Al igual que en La Vanitas, género del bodegón del Barroco que nos remite a lo efímero de la vida y a la fragilidad de la existencia, los objetos se colocan en la composición minuciosamente ordenados.
Pero estos objetos no pretenden trascender en el tiempo. Son objetos que podrían encontrarse en alguna habitación en los años 60 o 70 tal vez, descoloridos por momentos, gastados por su uso, habitados. Una cáscara de mandarina se eleva cual divinidad de una cúpula de algún fresco del Renacimiento italiano. En una acción tan cotidiana como pelar una fruta, D. M. refuerza la idea de un espacio habitado por el tiempo, la libertad de utilizarlo, transitarlo y disponer de él.
¿Se verá acaso todo lo visible, se sentirá acaso todo lo sensible?
La artista plantea una pregunta intentando iluminar ese límite entre su mano, que utiliza la herramienta, y su… ¿corazón?, instando a que el observador no se quede solamente en la superficie, tal vez cegado por la impecable factura de luz y color.
Es una propuesta para habitarla boca arriba, torciendo la cabeza, conteniendo la respiración. El espectador se ve involucrado, inquieto en su percepción e interpelado desde esa inmersión en el espacio. El ambiente reducido y su opresión proponen una coexistencia en diálogo: una conversación silenciosa, solitaria, algún susurro tal vez.
Existe una presencia ausente. En el centro de la sala el sillón vacío traduce una zona de sensibilidad activa y solo quien lo ocupe develará el secreto. Rápidamente el espectador se convierte en habitante observador y testigo observado. La tela en su enorme dimensión y presencia se vuelve cielo, cobertor y manto denso. Hay algo hipnótico en sus detalles: al igual que los maestros de la pintura holandesa o flamenca de los siglos XVII y XVIII, convierte el espacio de la obra en un ambiente donde la luz impone un cálido protagonismo. Con su sombra asociada, como duplicidad inmanente a cada objeto, transmite un aura inmaterial, un ambiente almibarino, no del todo en penumbra, tampoco totalmente iluminado.
¿Nos habita el espacio o nosotros lo habitamos? ¿No hay en alguno de nuestros sueños, ciertos rincones y aromas, algunos objetos preciados, una mullida y cálida cama como último refugio?
¿Qué objetos acompañan nuestras ensoñaciones más profundas? ¿Desde qué lugar físico nuestra libertad interpela nuestros desplazamientos? ¿Cuáles son los espacios que no habitamos y mantienen eternas las preguntas?
Podría tratarse de un recuerdo, una visión, tal vez una imagen que se proyecta desde nuestra propia retina. Una ensoñación, tan solo un reflejo.

Lucía Pittaluga
Noviembre 2019
Montevideo, Uruguay.